Se trata de una obra que primero fue sólo simple y trunca y un regalo de Julián para que pueda ser completada con letra, tal era el deseo de Adolfo Ábalos que la pidió quizá maravillado por esta chacarera contundente, revivida en un sueño que contribuye, en su difusión, con el acervo histórico de las tradiciones. De los angelitos, no solamente da cuenta de una costumbre que data de la vieja España, sino que es una maravilla como punta de iceberg que nombra una parte importante de la historia musical de aquel Santiago. Aquel que también es este, que se reproduce en obras como la de Adolfo, que continúa, a su vez, en cien chacareras que insisten en contar aquello del Santiago musical.
Ocurrió una vez en Salavina –donde se instituye la creación del ritmo- el nacimiento de una simple en manos del Cachilo Díaz. La composición es un ícono de la chacarera, la que se convertirá en una de las más distinguidas que, en lo más fino, refiere a la historia de un dolor; es una simple, humilde, que forma parte de esa punta de iceberg que escribió Adolfo:
La De los Angelitos es “La humilde” en el principio. Es que desde la muerte del Soco Díaz, su hermano colgó la guitarra. Era aquel quien “sabía la música”, el Cachilo únicamente acompañaba. Cuenta Atahualpa Yupanqui que “cuando ahora es él y no el otro, resulta que la única chacarera que compone va y la llama La Humilde”, la primera desde que el Soco anda tarareando para el Cachilo dormido.Y esta trunca en el final, la última desde que el segundo de los hermanos Ábalos le pidió al Cachilo esa música que lo acarició para ponerle letra. Adolfo, entonces, la volvió chacarera doble y lo hizo con un ingrediente único: en ella incluye al autor de la música como protagonista de su propia chacarera. O a los autores. Porque aunque uno no haya participado, ambos, su historia, la crearon.
Julián, el que cede la música, es nada menos que el Cachilo, el gran compositor que creó “La humilde” en el principio, “La Enredadora” y la “De los angelitos” un poco después de que Yupanqui leyera la guitarra abandonada en el dolor. Claro, Julián era el Cachilo, ¡el Cachilo dormido! Julián era el compositor, era el hermano del Soco. Era Julián Antonio Díaz, Julián.
Humilde en el principio, esta trunca en el final, en el momento en que Adolfo Ábalos prácticamente resumió la historia de la producción del Julián dormido, del Cachilo, del dolor por la falta de Benicio en el bandoneón, de la grandeza que encuentra Yupanqui en una guitarra colgada, de algunas cuantas simples en el medio que tenían la misma intención de resguardar a los personajes de Santiago. De los angelitos es una historia dentro de otra, una obra generosa en la letra como regalo de Ábalos a los creadores de la música, los Hermanos Díaz. La De los angelitos, un regalo del Cachilo, un regalo de Adolfo. Todos ángeles guardianes de las tradiciones que “en la añoranza están del Santiago musical” sólo hasta que se escucha ese piano y a “Benicio en bandoneón con rasguidos de Julián”.
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